Cuentan los viejos del lugar que hace muchos años vivió en estas tierras un rey que tuvo una hija de una belleza y donosura tales, que su fama trascendió las fronteras del reino de su padre, y llegó incluso allende los mares. El rey tuvo innumerables peticiones para conceder la mano de su bienamada hija a lo más selecto de la aristocracia y la realeza del momento. Pero estimaba demasiado a su hija, así que determinó que la mano de ésta correspondería al hombre capaz de presentar en palacio algo que no tuviera par por mas que se buscara por todo el mundo conocido. “Un hombre capaz de poseer algo que ningún otro hombre podrá tener jamás será un buen esposo para mi hija”, pensaba el rey, y cada vez que lo hacía más convencido estaba de la brillantez de su idea.
El rey decretó el último día del mes en curso como plazo para que los aspirantes a la mano de la princesa trajeran sus presentes a palacio. Así lo firmó y así se proclamo a los cuatro puntos cardinales.
El día señalado, únicamente tres hombres se presentaron ante el rey con un obsequio único e inimitable para su joven hija. El monarca observó largamente a los tres pretendientes.
En primer término se hallaba un noble, de ropaje suntuoso, lleno de oropel, como un pavo real. A su lado, con gesto altivo, como un halcón, un celebrado por su valor capitán de los ejércitos de su Majestad. En último término, con gesto humilde, pero con un brillo de astucia de roedor en sus ojos, se hallaba un joven campesino vestido con harapos.
Una vez acomodado en su trono, el rey hizo un gesto a su chambelán, y éste leyó, con voz bien timbrada, el edicto real que había llevado hasta allí a aquellos tres hombres, tan distintos entre sí.
Una vez concluida la lectura del chambelán, el rey pidió al noble que ofreciera su obsequio. El noble se acercó al trono, y tras realizar una aparatosa reverencia, sacó de una bolsa de fieltro rojo una esmeralda a la que el sol que entraba por los ventanales arrancó unos destellos verdes tan hermosos, que hizo que el salón del trono se llenara de un murmullo de admiración de los allí congregados.
-“Majestad”, dijo el noble con voz engolada, “aquí traigo como presente para la más bella flor de vuestro jardín esta esmeralda tallada por el genial maestro Nicolás, conocido universalmente por su destreza en la talla de estas lágrimas verdes”.
El noble entregó la esmeralda al rey para que éste pudiera admirar su belleza desde más cerca.
- “Observad, Majestad”, continuó el noble su discurso en tono didáctico, “la pureza de sus aristas, que no hacen sino reflejar mejor la luz que en ellas incide. Y observad también ese unicornio grabado en su centro. Resulta ser de una belleza sin parangón”
“Sin duda”, finalizó el noble su disertación, “estáis ante una pieza única, labrada por el gran Nicolás unos días antes de su, lamentada por todos, muerte”.
El rey hizo un gesto al chambelán y cuchicheó algo al oído de éste. El chambelán abandonó la sala para regresar uno minutos después con una bolsa de fieltro rojo en la mano que entregó al monarca. El rey extrajo de la bolsa una esmeralda idéntica a la presentada por el noble.
-“Querido señor”, le dijo el rey, “con motivo de mis esponsales, y aprovechando su presencia en nuestro reino, encargue al gran joyero Nicolás que tallara una esmeralda como regalo para la que habría de ser mi reina. Fijaos en el unicornio tallado en su centro. Coincido con vos en que su belleza no tiene parangón”.
El noble cotejó su esmeralda con la del rey y tuvo que coincidir con el monarca en que ambas eran idénticas.
Retirado el noble, el capitán dio un paso hacia el trono real.
-“Majestad”, dijo el capitán con un tono de altivez en sus palabras, “bien sabéis que soy hombre de acción más que hombre de palabras, así que seré breve”.
El guerrero echó hacia atrás su capa y desenvainó una espada a la que el sol que entraba por los ventanales arrancó destellos metálicos tan hermosos, que hizo que el salón del trono se llenará de un murmullo de admiración de los allí congregados.
-“El acero de esta espada ha sido forjado por los enanos de la montaña del norte”, dijo el capitán mientras presentaba la hoja al rey para que éste pudiera admirarla. “Empuñada por un brazo fuerte, el filo de este acero podría derribar un árbol de un solo mandoble”.
El rey llamó de nuevo a su chambelán y susurró algo a su oído. El mayordomo abandonó la sala y regresó unos minutos después con una espada guardada en una vaina de cuero repujado con incrustaciones de pedrería. El rey extrajo de la vaina una tizona idéntica a la presentada por el capitán.
-“Mi bravo capitán”, le dijo el rey al militar, “con motivo del fin de la guerra contra nuestros vecinos del sur, encargué a los enanos de las montañas del norte que forjaran una espada para conmemorar ese hecho. Coincido con vos en que, empuñada por brazo fuerte, el filo de este acero podría derribar un árbol de un solo mandoble”.
El capitán cotejó su espada con la el rey y tuvo que coincidir con el monarca en que ambas eran idénticas.
Retirado el capitán, el joven campesino vestido con andrajos se acercó al trono real.
-“Majestad”, dijo el joven campesino desenfadadamente, “ante vos no traigo como presente para vuestra hija ni joyas labradas por expertos artesanos ni espadas forjadas por industriosos enanos. El presente que os traigo es mi propia persona”.
Las palabras del joven campesino despertaron en el salón del trono un murmullo mayor que el arrancado por los destellos verdes de la esmeralda y los destellos metálicos de la espada.
-“¿Cómo dices?”, preguntó sorprendido el rey, “¿Estás bromeando? Tengo en mi reino más de mil súbditos como tú, jóvenes campesinos que apenas pueden cubrirse con harapos”.
El joven campesino pidió calma y paciencia con un gesto de sus manos.
-“Con todos mis respetos, majestad. Mandad a vuestros emisarios a cualquier rincón del mundo y ordenadles que traigan ante vuestra presencia a un individuo que tenga esta misma nariz afilada, o estos ojos marrones algo almendrados, o esta boca, irregular en su trazo…No niego la posibilidad de que pudierais encontrar un hombre idéntico a mí, hasta el punto de que asemejáramos ser dos gotas de lluvia. La naturaleza es caprichosa. Pero nunca podréis encontrar a nadie que se emocione con las cosas con las que yo me emociono, que encuentre divertidas las cosas que a mi me divierten, que piense como yo, que ría como yo, que ame como yo, que llore como yo…”.
El chambelán miró divertido al rey, preguntándose adónde le mandaría esta vez ir el monarca para encontrar algo semejante al presente llevado a palacio por el joven campesino.
-“En definitiva”, acabó su exposición el joven campesino, “mi presente es único, Majestad. Porque no existe, no ha existido ni existirá nunca nadie como yo. En eso reside mi valor: en que soy único e inimitable”.
Tras escuchar al joven campesino, el rey se levantó del trono con una sonrisa en los labios.
-“Hoy han desfilado ante mi la riqueza, la fuerza y la sabiduría. Y de estas tres, creo que esta última, la sabiduría, es la que ha de gobernar el alma del hombre. Pues con ella podrá éste usar juiciosamente a aquellas dos. Por lo tanto, la mano de mi hija será para el joven campesino. Unicamente espero que mi hija sea capaz de valorar en todo su valor el presente que hoy se le ha entregado”.
Así, el joven campesino se desposó con la joven princesa. Y aquel reino gozó de un largo tiempo de paz y prosperidad.
Eso es lo que al menos cuentan los viejos del lugar.