SINFONÍA INCOMPLETA
La sección de cuerda atacó con brío los primeros compases de aquel movimiento “molto Vivace”. Los violines, con su voz aguda, con un punto de estridencia, y los chelos, con su voz grave y profunda, se unieron para formar un contrapunto que inundó de sonido la sala de conciertos.
El director de la orquesta hizo un gesto pausado, y lo que antes fuera un torrente desbocado de sonidos se convirtió en mansa laguna. Mientras marcaba el contrapunto con su batuta a la sección de cuerda, invitó con su mano izquierda a que el violín solista iniciara su melodía.
La solitaria voz del violín se alzó sobre el murmullo de sus otros hermanos en una bella melodía, sinuosa y espiral, “in crescendo”. En mitad de su parlamento, el director de orquesta introdujo con gesto suave al oboe.
El dulce sonido del oboe se enlazó con la afilada sonoridad del violín solista, y ambos iniciaron una danza eterea y evanescente bajo el manto tejido por la sección de cuerda de la orquesta.
Después de esta bella danza, calma que preludia de nuevo la tormenta, de nuevo toda la sección de cuerda de la orquesta atacó, “molto vivace”, el motivo principal, secundada en esta ocasión por los instrumentos de viento. La sala de conciertos se convirtió en una llanura cubierta por una negra nube que amenazara tormenta.
Y la tormenta estalló con la incorporación de la percusión, cavernosa y honda, a aquella amalgama de sonidos, que subían hasta el cielo con el empuje de la batuta y la mano del director.
Pero de pronto, en su cénit, la sinfonía se rompió.
En aquella orgía de sonoridad faltaba algo que nadie acertaba a concretar.
Un murmullo se extendió entre los espectadores de la sala.
El director paró a la orquesta con un ademán brusco de su batuta. Miró la partitura desconcertado hasta que halló el motivo por el cual aquella sinfonía se había ejecutado incompleta. En aquel vigoroso “crescendo” de instrumentos poderosos había faltado el breve y apenas perceptible toque del triángulo.










