Monday, May 26, 2008

EN LA OSCURIDAD

“Hace ya muchos años que me convertí en lo que hoy soy.
Estoy atrapado en esta vida, como un cordero inocente.
No puedo mostrarte mi rostro al atardecer,
Y solo me verás caminando a la luz de la luna”.
(Sting, “Moon over Bourbon Street”)

 

 

 

Contempló detenidamente el cuerpo de la mujer bañado por la luz de la luna que entraba por la ventana. Estaba dormida, con el pelo revuelto y los labios entreabiertos. Escuchó atentamente y acompasó su suave respiración a la suya. Se acercó lentamente y separó con dedos inertes un mechón de cabello que le cubría el rostro. “¡Es tan hermosa!”, pensó mientras se sentaba al pie de la cama, como si fuera un perro fiel. Desde allí, admiró los hilos de plata con los que la luna teñía su pelo.
Recordó todas las noches que había pasado encaramado a su ventana, velando su descanso, mientras ella dormía ajena de aquella mirada sin vida al otro lado del cristal. Aquella noche había decidido entrar, impulsado por su instinto. Tenía que acabar con aquella angustia que oprimía su pecho desde hacia varios meses. “¡Quién me iba a decir a mí que después de tanto tiempo iba a volver a enamorarme!”, se dijo con ironía, con esa tristeza que en lugar de llorar ríe.
Con un sentimiento de desesperación, se acercó lentamente al cuello de la muchacha. Tenía que acabar de una vez por todas con aquel sufrimiento. Atraerla hacia su mundo. Acarició tiernamente su delgado cuello con sus dedos yertos y reconoció el ímpetu de la vida correr bajo ellos. Sintió sus sienes palpitar y un sudor helado recorrió su rostro. Acercó sus labios al cuello de la mujer y dos colmillos puntiagudos brillaron en la oscuridad de la habitación como dos navajas. En el último instante, antes de hollar la carne, se retiró con un temblor en la garganta. Era un llanto reprimido ahogado en la desesperanza de siglos.

La mujer pronunció algunas palabras en sueños y cambió de postura. Él se retiró como un felino, buscando la oscuridad de
uno de los rincones de la habitación. Desde él contempló una vez más su figura dormida, intentando grabar en su memoria con la precisión de un cirujano cada gesto y cada forma. Se preguntó como sería su blanca piel bañada por el sol. Se imaginó junto a ella, compartiendo durante el día las mismas calles que únicamente podía recorrer por las noches. Dos lágrimas frías brotaron de sus ojos. Se acercó de nuevo hacia la mujer y aspiró el olor a violetas que emanaba de su cuerpo. Acercó sus labios a su cuello, pero en esta ocasión no relucieron sus colmillos. Unicamente posó sus labios fríos en la tibia piel, depositando en ella un beso de despedida.

 Después, con un suspiro, el vampiro se acercó a la ventana para esperar que el primer rayo de luz de la mañana acabara con su sufrimiento.

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Thursday, May 15, 2008

UN PRESENTE ÚNICO

Cuentan los viejos del lugar que hace muchos años vivió en estas tierras un rey que tuvo una hija de una belleza y donosura tales, que su fama trascendió las fronteras del reino de su padre, y llegó incluso allende los mares. El rey tuvo innumerables peticiones para conceder la mano de su bienamada hija a lo más selecto de la aristocracia y la realeza del momento. Pero estimaba demasiado a su hija, así que determinó que la mano de ésta correspondería al hombre capaz de presentar en palacio algo que no tuviera par por mas que se buscara por todo el mundo conocido. “Un hombre capaz de poseer algo que ningún otro hombre podrá tener jamás será un buen esposo para mi hija”, pensaba el rey, y cada vez que lo hacía más convencido estaba de la brillantez de su idea.

El rey decretó el último día del mes en curso como plazo para que los aspirantes a la mano de la princesa trajeran sus presentes a palacio. Así lo firmó y así se proclamo a los cuatro puntos cardinales.
El día señalado, únicamente tres hombres se presentaron ante el rey con un obsequio único e inimitable para su joven hija. El monarca observó largamente a los tres pretendientes.
En primer término se hallaba un noble, de ropaje suntuoso, lleno de oropel, como un pavo real. A su lado, con gesto altivo, como un halcón, un celebrado por su valor capitán de los ejércitos de su Majestad. En último término, con gesto humilde, pero con un brillo de astucia de roedor en sus ojos, se hallaba un joven campesino vestido con harapos.
Una vez acomodado en su trono, el rey hizo un gesto a su chambelán, y éste leyó, con voz bien timbrada, el edicto real que había llevado hasta allí a aquellos tres hombres, tan distintos entre sí.
Una vez concluida la lectura del chambelán, el rey pidió al noble que ofreciera su obsequio. El noble se acercó al trono, y tras realizar una aparatosa reverencia, sacó de una bolsa de fieltro rojo una esmeralda  a la que el sol que entraba por los ventanales arrancó unos destellos verdes tan hermosos, que hizo que el salón del trono se llenara de un murmullo de admiración de los allí congregados.
-“Majestad”, dijo el noble con voz engolada, “aquí traigo como presente para la más bella flor de vuestro jardín esta esmeralda tallada por el genial maestro Nicolás, conocido universalmente por su destreza en la talla de estas lágrimas verdes”.
El noble entregó la esmeralda al rey para que éste pudiera admirar su belleza desde más cerca.
- “Observad, Majestad”,  continuó el noble su discurso en tono didáctico, “la pureza de sus aristas, que no hacen sino reflejar mejor la luz que en ellas incide. Y observad también ese unicornio grabado en su centro. Resulta ser de una belleza sin parangón”
“Sin duda”, finalizó el noble su disertación, “estáis ante una pieza única, labrada por el gran Nicolás unos días antes de su, lamentada por todos,  muerte”.
El rey hizo un gesto al chambelán y cuchicheó algo al oído de éste. El chambelán  abandonó la sala para regresar uno minutos después con una bolsa de fieltro rojo en la mano que entregó al monarca. El rey extrajo de la bolsa una esmeralda idéntica a la presentada por el noble.
-“Querido señor”, le dijo el rey, “con motivo de mis esponsales, y aprovechando su presencia en nuestro reino, encargue al gran joyero Nicolás que tallara una esmeralda como regalo para la que habría de ser mi reina. Fijaos en el unicornio tallado en su centro. Coincido con vos en que su belleza no tiene parangón”.
El noble cotejó su esmeralda con la del rey y tuvo que coincidir con el monarca en que ambas eran idénticas.
Retirado el noble, el capitán dio un paso hacia el trono real.
-“Majestad”, dijo el capitán con un tono de altivez en sus palabras, “bien sabéis que soy hombre de acción más que hombre de palabras, así que seré breve”.
El guerrero echó hacia atrás su capa y desenvainó una espada a la que el sol que entraba por los ventanales arrancó destellos metálicos tan hermosos, que hizo que el salón del trono se llenará de un murmullo de admiración de los allí congregados.
-“El acero de esta espada ha sido forjado por los enanos de la montaña del norte”, dijo el capitán mientras presentaba la hoja al rey para que éste pudiera admirarla. “Empuñada por un brazo fuerte, el filo de este acero podría derribar un árbol de un solo mandoble”.
El rey llamó de nuevo a su chambelán y susurró algo a su oído. El mayordomo abandonó la sala y regresó unos minutos después con una espada guardada en una vaina de cuero repujado con incrustaciones de pedrería. El rey extrajo de la vaina una tizona idéntica a la presentada por el capitán.
-“Mi bravo capitán”, le dijo el rey al militar, “con motivo del fin de la guerra contra nuestros vecinos del sur, encargué a los enanos de las montañas del norte que forjaran una espada para conmemorar ese hecho. Coincido con vos en que, empuñada por brazo fuerte, el filo de este acero podría derribar un árbol de un solo mandoble”.
El capitán cotejó su espada con la el rey y tuvo que coincidir con el monarca en que ambas eran idénticas.
Retirado el capitán, el joven campesino vestido con andrajos se acercó al trono real.
-“Majestad”, dijo el joven campesino desenfadadamente, “ante vos no traigo como presente para vuestra hija ni joyas labradas por expertos artesanos ni espadas forjadas por industriosos enanos. El presente que os traigo es mi propia persona”.
Las palabras del joven campesino despertaron en el salón del trono un murmullo mayor que el arrancado por los destellos verdes de la esmeralda y los destellos metálicos de la espada.
-“¿Cómo dices?”, preguntó sorprendido el rey, “¿Estás bromeando? Tengo en mi reino más de mil súbditos como tú, jóvenes campesinos que apenas pueden cubrirse con harapos”.
El joven campesino pidió calma y paciencia con un gesto de sus manos.
-“Con todos mis respetos, majestad. Mandad a vuestros emisarios a cualquier rincón del mundo y ordenadles que traigan ante vuestra presencia a un individuo que tenga esta misma nariz afilada, o estos ojos marrones algo almendrados, o esta boca, irregular en su trazo…No niego la posibilidad de que pudierais encontrar un hombre idéntico a mí, hasta el punto de que asemejáramos ser dos gotas de lluvia. La naturaleza es caprichosa. Pero nunca podréis encontrar a nadie que se emocione con las cosas con las que yo me emociono, que encuentre divertidas las cosas que a mi me divierten, que piense como yo, que ría como yo, que ame como yo, que llore como yo…”.
El chambelán miró divertido al rey, preguntándose adónde le mandaría esta vez ir el monarca para encontrar algo semejante al presente llevado a palacio por el joven campesino.
-“En definitiva”, acabó su exposición el joven campesino, “mi presente es único, Majestad. Porque no existe, no ha existido ni existirá nunca nadie como yo. En eso reside mi valor: en que soy único e inimitable”.
Tras escuchar al joven campesino, el rey se levantó del trono con una sonrisa en los labios.
-“Hoy han desfilado ante mi la riqueza, la fuerza y la sabiduría. Y de estas tres, creo que esta última, la sabiduría, es la que ha de gobernar el alma del hombre. Pues con ella podrá éste usar juiciosamente a aquellas dos. Por lo tanto, la mano de mi hija será para el joven campesino. Unicamente espero que mi hija sea capaz de valorar en todo su valor el presente que hoy se le ha entregado”.
Así, el joven campesino se desposó con la joven princesa. Y aquel reino gozó de un largo tiempo de paz y prosperidad.
Eso es lo que al menos cuentan los viejos del lugar.

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Wednesday, April 30, 2008

SINFONÍA INCOMPLETA

La sección de cuerda atacó con brío los primeros compases de aquel movimiento “molto Vivace”. Los violines, con su voz aguda, con un  punto de estridencia, y los chelos, con su voz grave y profunda, se unieron para formar un contrapunto que inundó de sonido la sala de conciertos.

 El director de la orquesta hizo un gesto pausado, y lo que antes fuera un torrente desbocado de sonidos se convirtió en mansa laguna. Mientras marcaba el contrapunto con su batuta a la sección de cuerda, invitó con su mano izquierda a que el violín solista  iniciara su melodía.

 La solitaria voz del violín se alzó sobre el murmullo de sus otros hermanos en una bella melodía, sinuosa y espiral, “in crescendo”. En mitad de su parlamento, el director de orquesta introdujo con gesto suave al oboe.

El dulce sonido del oboe se enlazó con la afilada sonoridad del violín solista, y ambos iniciaron una danza eterea y evanescente bajo el manto tejido por la sección de cuerda de la orquesta.

 Después de esta bella danza, calma que preludia de nuevo la tormenta, de nuevo toda la sección de cuerda de la orquesta atacó, “molto vivace”, el motivo principal, secundada en esta ocasión por los instrumentos de viento. La sala de conciertos se convirtió en una llanura cubierta por una negra nube que amenazara tormenta.

Y la tormenta estalló con la incorporación de la percusión, cavernosa y honda, a aquella amalgama de sonidos, que subían hasta el cielo con el empuje de la batuta y la mano del director.

Pero de pronto, en su cénit, la sinfonía se rompió.

En aquella orgía de sonoridad faltaba algo que nadie acertaba a concretar.

Un murmullo se extendió entre los espectadores de la sala.

El director paró a la orquesta con un ademán brusco de su batuta. Miró la partitura desconcertado hasta que halló el motivo por el cual aquella sinfonía se había ejecutado incompleta. En aquel vigoroso “crescendo” de instrumentos poderosos había faltado el breve y apenas perceptible toque del triángulo.

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Wednesday, April 23, 2008

EL DESVAN

 

EL DESVAN

 

El tiempo es un tren que convierte el futuro en  pasado.

Te quedas parado en la estación, con tu cara pegada contra el cristal”

(U2, “Zoo sation”)

En un rincón del desván, polvoriento y abandonado, lloraba un viejo violín. El polvo del olvido cubría su cuerpo, antaño color cereza, brillante y lustroso. Nadie sacaba de sus cuatro cuerdas ninguna nota, ningún sonido que, como ocurriera en tiempos pasados, fuera capaz de conmover el alma humana. Unicamente, en algunas ocasiones, cuando el dueño de la casa subía al desván para buscar algo, punzaba alguna de sus entumecidas cuerdas, y un leve quejido agudo, a modo de pizzicato, resonaba en la caja de aquel viejo violín.

-”¿Por qué lloras?”, le preguntó con un hilo de voz un viejo caballo de madera, también cubierto por la pátina del olvido.

El violín suspiró un profundo ‘do sostenido’ y respondió al caballo de madera,

-”Lloro porque fui creado para la belleza, para que el hombre expresara a través de mi voz todo tipo de emociones. Llevo dentro de mí una belleza que comienza a marchitarse porque no encuentra una mano que sepa sacarla de mis entrañas. Por eso lloro”.

El caballo miró tristemente al viejo violín.

-”Sé a lo que te refieres, viejo compañero. También yo anhelo volver a mecerme sintiendo encima de mí el peso de un niño. Cabalgar por praderas imaginarias sin moverme del sitio. Pero ya no soy útil. Los niños crecieron y yo continué siendo pequeño…”.

Inmersos en sus propios pensamientos, el violín y el caballo de madera dejaron de hablar, y la pausada voz del silencio cubrió de nuevo la estancia.

-”Los humanos son caprichosos”, dijo con voz aguda de hilo tenso una caña de pescar apoyada en un rincón. Conservaba el sedal y un extraño anzuelo de mosca. “A mí me utilizaron un par de veces y aquí estoy, en un rincón, añorando como la corriente del río tiraba mansamente del sedal. Después de un par de salidas se hartó de la pesca y me enterró en vida en este desván, lleno de trastos y chismes inservibles, en este cementerio de almas en pena que suspiran por un tiempo que no ha de volver”.

El violín y el caballo de madera miraron extrañados a la caña de pescar, a cuyo sedal el sol que entraba por la claraboya arrancaba destellos dorados.

-”¿Es que tú no tienes la esperanza de salir un día de aquí?”, preguntó en un inquisitivo ‘la menor’ el polvoriento violín.

-”Verás “, le respondió en tono franco la caña de pescar, “una vez que se entra en este desván, es muy difícil salir. Ahora mismo, nuestro dueño estará absorto en un nuevo capricho que pronto le aburrirá y acabará aquí, con nosotros. Al principio pensará que es algo pasajero, un error. Recordará los momentos de ilusión y diversión que el hombre pasó con él, y se engañará diciéndose a sí mismo que volverá a rescatarle del olvido. Pero el tiempo pasará, y la misma fina capa de polvo que nos cubre a nosotros, le cubrirá a su nuevo antojo…”.  La caña de pescar dejó de hablar y aguzó el oído. “Psss…callad”, les dijo a sus compañeros de desván. “Creo que alguien viene…”

Expectantes, oyeron los pasos de alguien que subía por la escalera al desván. La puerta se abrió y apareció el dueño con una raqueta en la mano. La dejó apoyada en uno de los rincones, junto a la caña de pescar. Luego, dio un breve impulso al caballo de madera para que se balanceara, y rasgó una cuerda del viejo violín, obteniendo un quejido agudo, como el chillido agudo de un gato.

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Wednesday, April 16, 2008

LA COSECHA

Dios nos da las nueces pero no nos las casca”
(proverbio ruso)

Nicias depositó su sacrificio a los pies de la imagen de Atenea instalada en el templo dedicado a la diosa que estaba a las afueras de la ciudad. Como manda la tradición, depositó a los pies de la diosa el ternero e imploró su intercesión. En silencio, dirigiendo su mirada al rostro esculpido en piedra, pidió a la divinidad que la cosecha de aquel año fuera propicia y, a ser posible, que el grano de su trigo fuera más dorado que el que obtuviera su vecino Licón. Hizo lo mismo en los templos de Artemisa y Afrodita, en cuyo honor sacrifico sendas cabras, y se dirigió al templo erigido a Asclepio con el gallo que iba a inmolar agarrado por el pescuezo. A todos les pidió lo mismo, que la naturaleza fuera pródiga y su cosecha superara en cantidad y calidad a la de su vecino. Imploró a Deméter, diosa de la agricultura, que protegiera su cosecha. A Eolo, dios del viento, que con su cálido soplo, meciera las espigas de sus campos. A Apolo, dios del sol, que dorará las espigas de su trigo.

Para que las divinidades fueran propicias a sus deseos, ayuno tres días de cada cinco, hizo promesa de no decir palabra durante todo el invierno y no beber nada que no fuera aceite. Marchó a Delfos a consultar el famoso oráculo levantado en honor a Apolo. Interrogó a los astrólogos sobre los designios de los que hablaba el firmamento. De esta forma fue perdiendo tiempo y fortuna.
El tiempo pasó y llegó la época de la cosecha. Los campos de Nicias no dieron el fruto tan anhelado por su amo. Parecía como si todas las divinidades se hubieran conjurado para que su cosecha fuese la más raquítica de toda Atenas. Desolado fue a visitar a su vecino Licón. Al contrario que la suya, la cosecha de Licón había sido abundante. El grano de sus doradas espigas era bruñido y recio. Suspirando ante lo que sus ojos veían, Nicias interpeló a su vecino,
-“Estimado Licón, en nombre de la vecindad que nos une, te pido que me des una razón para que el grano que puebla tus campos sea más prolijo y duro que el mío. He hecho sacrificios a los dioses. Consultado oráculos y realizado abstinencias dignas del propio Hércules. ¿Por qué los hados han sido más propicios contigo?”
Licón volvió su mirada al otro lado del camino, donde Nicias tenía su hacienda.
-“Estimado Nicias”, le dijo pacientemente. “Mientras tú hacías sacrificios a los dioses para que la cosecha fuera propicia, yo araba y abonaba mis campos. Mientras tu consultabas a oráculos y astrólogos para saber lo que los astros te guardaban, yo separaba con mi propia mano la mala hierba de la espiga. Mientras tu ayunabas tres de cada cinco días y bebías solo aceite, yo iba al arroyo a buscar agua con la que regar mis campos”.

Licón arrancó una espiga y desmenuzó los granos de trigo sobre la palma de su mano.

-“Ahora, si me perdonas, iré al templo a agradecer a los dioses que la cosecha me haya sido propicia”.

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Wednesday, April 9, 2008

LA DIRECCIÓN ADECUADA

“Bienaventurados los que lo tienen claro,
porque de ellos es el reino de los ciegos”
(Joan Manuel Serrat, “Bienaventurados”)

Todos los habitantes de aquella pequeña ciudad se encontraban en la Gran Avenida. Todos coincidían en que había que hacer algo, que las cosas no podían seguir así, pero nadie sabía que dirección tomar. Deambulaban de aquí para allá, como almas errantes que no encuentran descanso.
-“¡Vayamos hacia allá!”, dijo un hombre subido en un banco, indicando con su brazo una calle a la izquierda.
La masa se puso lentamente en movimiento y todos se dirigieron hacia donde indicaba aquel sujeto.
-“¡NO, conciudadanos!”, gritó una mujer subida al capó de un coche. “¡Debemos ir hacía allí!”, dijo la mujer indicando una calle a la derecha. La masa se dividió en dos frentes, los que seguían su curso hacia la izquierda y los que habían cambiado de dirección y se dirigían a la calle de la derecha.
Una tercera voz se dejó oír en la Gran Avenida.
-“¡Vais mal ¡”, gritaba un joven a voz en grito. “¡Debemos seguir de frente!”
La masa se fragmentó en pequeños grupos que deambulaban como barcos sin brújula, roto el velamen, navegando al pairo, discutiendo entre sí qué dirección debía de tomarse.
Entonces, al final de la Gran avenida, apareció un hombre. Caminaba con zancadas amplias y firmes. Tenía en sus ojos el brillo de la determinación. Como si no reparara en la presencia de los demás, se abría paso con decisión. Los habitantes de aquella pequeña localidad se echaban a un lado a su paso, y observaban con admiración la resolución que, como un perfume, desprendía aquel hombre. Aquí y allá, la gente se golpeaba con el codo murmurando entre dientes que aquel sujeto sabía a dónde se dirigía, y que deberían seguirle para llegar a donde iban. De aquella manera, como el flautista del cuento, aquel hombre de mirada y pasos vigorosos comenzó a aglutinar tras de sí a aquella masa desorientada que hacia pocos minutos chocaba entre sí en su huida a ninguna parte. Caminaron por las calles del centro de la ciudad entre el comentario generalizado de que aquel hombre era la persona que todos habían estado esperando, alguien que les dirigiera con determinación y decisión hacia la meta común.

Al llegar frente al edificio más alto de la ciudad, el extraño se paró y miró hacia arriba. La nube de una duda pareció por un momento nublar sus ojos. Pero, después de respirar profundamente, el sol de una decisión tomada volvió a brillar en su mirada. Entró en el edificio y comenzó a subir las escaleras, seguido de aquella muchedumbre que seguía sus pasos y que murmuraba constantemente que aquel hombre sabía lo que se hacía. Llegaron a la azotea. El desconocido se paró cerca del borde, sacó un sobre de su chaqueta que depositó en el suelo, y saltó al vacío.

La multitud se quedó perpleja. No daba crédito a lo que habían visto. Entre el estupor general, un vecino se acercó al borde de la azotea y recogió el sobre depositado por el extraño.
Escrito a mano, con tinta azul, pudo leer : “Sr. Juez”.

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