EN LA OSCURIDAD
Estoy atrapado en esta vida, como un cordero inocente.
No puedo mostrarte mi rostro al atardecer,
Y solo me verás caminando a la luz de la luna”.
(Sting, “Moon over Bourbon Street”)
Contempló detenidamente el cuerpo de la mujer bañado por la luz de la luna que entraba por la ventana. Estaba dormida, con el pelo revuelto y los labios entreabiertos. Escuchó atentamente y acompasó su suave respiración a la suya. Se acercó lentamente y separó con dedos inertes un mechón de cabello que le cubría el rostro. “¡Es tan hermosa!”, pensó mientras se sentaba al pie de la cama, como si fuera un perro fiel. Desde allí, admiró los hilos de plata con los que la luna teñía su pelo.
Recordó todas las noches que había pasado encaramado a su ventana, velando su descanso, mientras ella dormía ajena de aquella mirada sin vida al otro lado del cristal. Aquella noche había decidido entrar, impulsado por su instinto. Tenía que acabar con aquella angustia que oprimía su pecho desde hacia varios meses. “¡Quién me iba a decir a mí que después de tanto tiempo iba a volver a enamorarme!”, se dijo con ironía, con esa tristeza que en lugar de llorar ríe.
Con un sentimiento de desesperación, se acercó lentamente al cuello de la muchacha. Tenía que acabar de una vez por todas con aquel sufrimiento. Atraerla hacia su mundo. Acarició tiernamente su delgado cuello con sus dedos yertos y reconoció el ímpetu de la vida correr bajo ellos. Sintió sus sienes palpitar y un sudor helado recorrió su rostro. Acercó sus labios al cuello de la mujer y dos colmillos puntiagudos brillaron en la oscuridad de la habitación como dos navajas. En el último instante, antes de hollar la carne, se retiró con un temblor en la garganta. Era un llanto reprimido ahogado en la desesperanza de siglos.
La mujer pronunció algunas palabras en sueños y cambió de postura. Él se retiró como un felino, buscando la oscuridad de
uno de los rincones de la habitación. Desde él contempló una vez más su figura dormida, intentando grabar en su memoria con la precisión de un cirujano cada gesto y cada forma. Se preguntó como sería su blanca piel bañada por el sol. Se imaginó junto a ella, compartiendo durante el día las mismas calles que únicamente podía recorrer por las noches. Dos lágrimas frías brotaron de sus ojos. Se acercó de nuevo hacia la mujer y aspiró el olor a violetas que emanaba de su cuerpo. Acercó sus labios a su cuello, pero en esta ocasión no relucieron sus colmillos. Unicamente posó sus labios fríos en la tibia piel, depositando en ella un beso de despedida.
Después, con un suspiro, el vampiro se acercó a la ventana para esperar que el primer rayo de luz de la mañana acabara con su sufrimiento.